Nos estabamos abrazando – Crónica a Nuestra Tierra de Lucrecia Martel

Me invitaron al Gaumont y ahí me enteré que es un cine famoso. Fuimos a ver el documental de Lucrecia Martel, Nuestra Tierra. Imaginaba una sucesión de imágenes impresionantes, u

na película pesada, larga y fuerte. Me encontré con lo que esperaba y con algo más que no, pero al mismo tiempo lo recontra esperaba. Una de las mejores cosas que vi. Un golpe durísimo y un abrazo profundo. Una película que me tocó como si la historia de mi vida se me hubiera sentado encima. Mi escritura, la elección de un punto de vista, mi trabajo, la escuela. Otro ejemplo de despojo.
Nuestra Tierra, el tema, abordado con total dignidad, la valentía a pesar del riesgo, la profundidad en lo que elige contar, en cómo lo hace. Todo tan político e indisociable del amor, del cariño más profundo que somos y al mismo tiempo, la injusticia tan triste que encarnamos. La paciencia que se adivina detrás de cada toma, de cada audio, de cada entrevista. El diálogo entre estos materiales, la coherencia. Hace foco sin panfletear las ideas, toma partido sin que el punto de vista subestime, sabe abrir, permite sentir. Una capacidad etnográfica de conectar con un suceso particular en esa tierra tucumana, con ese crimen testimonial.

Una obra que sabe ponernos cara a cara con el resto de nuestras tierras y el resto de nuestros crímenes en curso. No se puede evitar ver en los rostros de esa comunidad a todas las comunidades, no pude evitar ver a la comunidad donde nací y trabajo. El dolor de ver el funcionamiento de un mismo y grotesco proceso de saqueo patéticamente vigente.
No lloré, me quebré. No voy a olvidar nunca la voz de Mariana Carrizo leyendo un texto terrible, bellísimo mientras el monte se nos daba vuelta y nos ponía a todos de cabeza, nos hacía mirar de nuevo los órdenes impresos y naturalizados en nuestros ojos. Atravesado salí, y vi al frente el Congreso de la Nación, que decirles.
Arte tan necesario para todos y al mismo tiempo tan distante de la versión que se nos vende popular. Una obra tan necesaria. Un mensaje doloroso y al mismo tiempo, sentí que con alguien, tal vez con la versión de Lucrecia Martel que deseo este trabajo, nos estábamos abrazando.

 

Alejandro Arriaga

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